Amor y amistad letras

Amistad, Amor, Traicion Letra: Esta vida, esta rodeada de tantas cosas que, cada dia es mas dificil seguir ya que todo parece un juego pero, las 3 reglas mas importantes son: la amistad, el amor y la traicion. Y yo que te doi mi amistad, mi amor y mi corazon,... Amor vs amistad Clover Letras, Acordes y Tabs para Guitarra, Bajo y Ukulele. Letra y Acordes. INTRO: C#5-F#5-Bm-G#5 C#5 F#5 Bm Recuerdo Aquel Momento Fue Como Una Vision G#5 C#5 Ni Hola!!!! Me ... El Amor y la Amistad Letra: Óyeme bien tengo algo que confesar, que de mi amiguito yo me acabo eh enamorar, el no sabe nada no sospecha nada, no sabe que en la noche el esta pegao´ en mi almohada. Que yo ya le he llorao mas de una vez, sabiendo que de su... El día del amor y la amistad. PLAYLIST El día del amor y la amistad Creada por: Letras.com • 30 canciones . Escuchar Aleatorio. Compartir en Facebook Compartir en Twitter # Canción. Artista. My Only One (No Hay Nadie Más) (part. Isabela Merced) Sebastián Yatra. Tanto (part. Luis Fonsi) Aclamado Amistad - Busco Tu Amor (Letras y canción para escuchar) - Oye mami .. busco tu amor / ahaa / Mi amor / Busco tu mirada entre la gente / Busco tu carita de niña enamorada / Busco que busco .. busco tu amor y Letras de amor: Feliz dia del amor y amistad. Te quiero hoy más que nunca, pero mañana sé que te querré más todavía. No tiene lógica, pero tampoco la tiene la locura de este amor, que siento por ti. Hoy te quiero, mañana no sé… Hoy te necesito, mañana no sé… Hoy eres todo para mí, mañana no sé, si te ame tanto o mucho más aún. un poco de amor y amistad 3?24 (g. bécaud / louis amade) 1974 tu alma estÁ en soledad pidiendo amor y amistad, quisiera darte con amor todo el calor de mi canciÓn. tu transistor confidencial tendrÁ el secreto de los dos, por las ondas al volar te traerÉ mas ilusiÓn. 22-ene-2019 - Tarjetas, decoración, dibujos, escultura, manualidades... etc. todo lo relacionado con el día de san valentin. Ver más ideas sobre Día de san valentin, Amor amistad, Manualidades. 06-feb-2018 - Explora el tablero de Lucero Perez Vega 'letras amor y amistad' en Pinterest. Ver más ideas sobre Alfabeto, Letras, Corazones. Es mejor amar y haber perdido, que no haberte perdido la experiencia de amar por miedo. 9. Un día dejé caer una lágrima en el océano. El día que la encuentre será el día en el que deje de quererte. Otra de las frases lindas para dedicar a una pareja y hacerle llegar nuestro amor. 10.

Ideas sobre el "Buen hombre".

2020.06.10 22:23 Otro_engranaje Ideas sobre el "Buen hombre".

¡Qué tal comunidad! Estos días, poniendo en palabras ideas sobre una cuestión que me tenía intranquilo, acabe por redactar unas hojas de lo que creo podría describirse como un "buen hombre", entendiendo por "buen" o "bueno" una acción benefactora hacia un otro que no persigue un interés y como "hombre" a una persona, mujer u hombre (para que no se sientan invisibilizadas las damas). Quería compartirlo, porque solo en mi cuaderno no tiene mucha utilidad, así que lo publicare por acá y por mi blog, para que puedan leerlo allí con letras más grandecitas de las que solo me permite Reddit. Allá voy:
El buen hombre.
Creo que cualquier persona ha escuchado, más de una vez en su vida, decir que tal o cuál persona es un "buen chico", una "buena muchacha", un "buen hombre". Nunca escuche que alguien me defina, sin recurrir a ejemplos a modo de ilustración, el significado de "bueno" o "buena" en cuanto a una persona se trata. Por lo general, se es bueno cuando se hace el bien, y ya. Pero esta cuestión ética es sumamente delicada. Así como muchos de nosotros hemos oído de alguien que ese alguien es "bueno" o "buena", hemos visto también (u oído) de ese mismo alguien justamente lo contrario. ¿O nunca les ha pasado?
Hablamos de la "buena persona" como el buen "humano", no como persona desenvolviendo un rol en determinado campo social. Entiendase entonces que no hablo del buen alumno, del buen empleado o del buen futbolista, entre otras profesiones y dedicaciones. Hablamos del ser humano, aquel ser característico por su amplia capacidad de razonar, aunque a veces esto aumente sus posibilidades de generar acciones contraproducentes a su propio ser y a sus pares.
En mi opinión, no hay nada más complicado en la actualidad, empresa más obstaculizada, que la de "ser" humano. Antes que me sumerja en este punto, quería enseñar un ejemplo de lo que es, para alguna persona -o para algunas- vivir en el mundo moderno del siglo XXI (ejemplo hipotético inspirado en la condición de un conocido, por lo que todos pueden dudar activamente de mi ejemplo).
José es un joven latinoamericano de 18 años. Él ha egresado recientemente de la escuela secundaria. Su familia es muy humilde, el padre trabaja doce horas al día; la madre, imposibilitada físicamente de trabajar por problemas de salud; sus dos hermanos, aún pequeños, recién inician sus estudios primarios en una escuela financiada con fondos del Estado (pública y gratauita). Y él, José, se ve obligado a ayudar a su padre en el sustento de la economía familiar. Sigue una carreara Universitaria, Sociología, para ser más precisos. Su poca experiencia laboral lo ha obligado a trabajar dentro de una oficina de televentas. Él llama constantemente y vende, o intenta vender, productos. Como el sueldo funciona con comisiones (más vende, más gana a fin de mes), se empeña en vender la mayor cantidad posible, de manera que pueda hacer rendir su sueldo. Vende tarjetas de crédito. La gente que responde las llamadas de José, por lo general, no la necesitan, pero el arte del marketing debe hacerles creer que sí. José preferiría dedicarse a pleno en su carrera, pero por el momento no tiene muchas opciones y la urgencia lo precipita a conservar el empleo. Mientras tanto, por las nochesm estudia en la universidad.
Un día, me comentó una situación que le aconteció durante una llamada:
- Me sentí un poco mal despues, viste... era un viejito, viudo, que me contaba que esta endeudado, que no la estaba pasando holgada economicamente. Yo igualmente le insistí hasta que le pude vender. Lo convencí de que podía pagar la deuda, ¡con crédito!, una locura... pero si no vendía se me venía el reproche del gerente, porque ultimamente no vengo con buenas rachas...
No considere apropiado juzgarlo. José no es mejor ni peor persona, al menos, no por voluntad propia. Pero este tipo de labor resulta, en circunstancias como las narradas, a la "deshumanización".
Difícil ser humano.
Ser humano es aceptar que se es humano, racional, y amarse de esta forma, amar el "ser humano" y respetar y empatizar con los pares, comprender que en el fondo todos somos lo mismo, por más diferencias que se manifiesten. No comprender esto es el primer paso a la deshumanización. La deshumanización es el proceso por el cual uno abandona todo aquello que lo hace humano en beneficio de una causa que nada tiene que ver, entonces, con lo humano (esto es, con lo racional, con el amor propio como seres y con el amor al prójimo, amor en un sentido de respeto y comprensión hacia uno mismo y hacia un otro). La deshumanización pretende convertir al hombre en una herramienta, y lo mide o lo juzga por su utilidad para determinado fin. Esto es práctico a la hora de emprender algo con el afán de realizarlo de manera existosa, pero si no se lo practica teniendo en cuenta al humano y despues a la realización de alguna tarea en particular y, por el contrario, se lo practica a la inversa, esta se convierte en una práctica sumamente interesada y meramente material.
(Partiendo del supuesto de que ser humano es difícil, es complejo, en cuanto involucra un gran esfuerzo racional y de accionar dentro de el marco de una sociedad, con todo lo que ella implica, o sea, cultura, valores, instituciones, etc.). ¿Por qué es tan difícil ser humano? pues, en primer lugar, porque primero se nos enseña a ser ciudadanos y, en segundo lugar, porque para ser ciudadanos debemos aprender a desarrollar la capacidad de ser dignos de nuestra ciudadanía. Tenemos derechos y nos comportamos dentro del marco de leyes y normas tanto explícitas (jurídicas, constituciones, leyes...) como implicitas (valores culturales, tradiciones, modas...). Crecemos en ello y absorbemos de ello.
La historia y la evolución de las sociedades nos han encaminado, hoy, a una sociedad ampliamente fragmentada, especializada y con un abanico de roles y ocupaciones tan diverso, característico de nuestro modelo social-productivo-económico, que ha facilitado el acceso a muchos servicios y bienes pero que, a su vez, ha complejizado el orden social y humano profundamente. Contemporaneamente y ya desde hace varias décadas, para vivir, se precisa dinero. Pesos, dolaes, euros, libras... la moneda es un medio para vivir dentro de "nuestro" mundo moderno. Y, para prolongar la ciudadanía, el dinero no puede faltar.
¿Cómo vivir hoy en día, creciendo en cualquier ciudad, sin dinero?
El culto al dinero.
Si hay algo cierto es lo siguiente: No se gana dinero siendo un buen "ser humano", sí quizás siendo un buen ciudadano o un buen empleado, aún más siendo un buen "emprendedor".
Como bien he mencionado, ser humano implica saberse y saber a los demás como persona, antes que cualquier otra etiqueta. Obrar para cuidar, proteger y hacer crecer la existencia humana por el simple hecho de hacerlo es lo más puro y una manifestación de ese amor. Y esto se ve, puede verse en la sociedad: organizaciones de comunidades que asisten a niños en "situaciones de emergiencia", abuelos jugando con sus nietos, madres consolando a sus hijos, gente que comparte víveres... Pero nadie "vive de" esta manera. Cualquiera pensaría que es imposible vivir de esto. Porque el amor no compra alimento, no paga los impuestos, no garantiza un techo... al menos nos bajo esta modernidad.
Ser humano no es tan importante, porque primero hay que tener ingresos que nos permitan simplemente seguir existiendo, por más que esto muchas veces nos lleve a sacrificar nuestra humanidad. Se ve a cada rato, en cada esquina y se reproduce constantemente. ¿Y lo peor? que el dinero ha creado la ilusión de que uno puede sedar su conciencia gastandolo en "amor enlatado" (juguetes, consolas de videojuegos, bebidas en alguna tienda que nos garantice que un porcentaje de lo que pagamos se destina a obras de caridad...). No solo eso, sino que también ha creado la ilusión de poder remediarlo todo. Dolores, carencias, amistades, infelicidad: Todo tipo de aflicciones. Hay una amplia variedad de ofertas. Y esto conduce a los más deshumanizados a cultivar esta devoción por el dinero como el nuevo "todo poderoso". Como dice el Astrólogo,personaje de Los siete locos, libro de Roberto Arlt: "El dinero convierte al hombre en un Dios". No estoy siendo nada radical con lo antedicho.
Se entrena, entonces, por lo general, para hacer dinero. De alguna u otra forma. Y se genera una necesidad de la cual el ciudadano es víctima. Como ciudadano que soy, no puedo juzgar ese hecho. Y por esto, por esta razón, el comportamiento del ciudadano tiende a ser lucrativo, por más noble que a veces parezca. Se solidifico esta cultura de intereses que, variables estos, siempre están presentes. Aunque sería incrédulo no creer que los intereses existieron siempre. Solo que hoy estás más disfrazados que nunca, pero pueden olerse detrás de sus disfraces. Recalco, no digo que sea malo ni bueno. Sí me atrevo a decir que no es un acto puro del buen hombre.
Intereses.
Comencemos con una pregunta al respecto, sin apuntar a la contemporaneidad: ¿Los cristianos eran "virtuosos" por pura devoción a la fe, o lo eran por el miedo a no ir al "paraíso" después de la muerte? Teniendo en cuenta lo volatil del comportamiento humano, seamos bondadozos y digamos que, entre estas dos clases de "creyentes", del total habría un 50/50. No podemos confirmarlo.
Intereses. ¿Ocuparía un gobernador su cargo político prescindiendo de los beneficios económicos que el puesto le reporta?, ¿ayudaría a los ciudadanos iletrados y daría beneficios a sectores de clase baja si de ante mano supiese que no conseguirá sus votos en las próximas elecciones?
Creo que el punto, aunque implicito, se sobrentiende. En el libro Organización Social, Scott A. Greer define a los "grupos" como "medios sociales para obtener fines individuales y sociales". Pocas veces las cosas se hacen "porque sí", o por el simple motivo de transmitir felicidad, de ser empático o amoroso. Lo que se llama incluso una "ayuda desinteresada" puede ser un medio para asentar una abstracta superioridad moral de individuos sobre otros. Y esto también tiende a deshumanizar.
Los intereses son innegables. Todos somos -en mayor o menor grado- interesados, y en parte esto es lo que nos mantiene vivos como individuos... ¿pero como "humanidad" también"?
Buenos intereses.
Parecería ser, entonces, que no existen de hecho "buenos hombres" (hablo del género humano, por ende incluyo a la mujer), sino que existen "buenos intereses". Aunque mi afirmación no es verdadera. También existen los "buenos hombres". No nos culpo a aquellos que por lo general no lo somos. Al menos, no enteramente.
Un "buen interés" es aquel que, con un fin propuesto, conviene en la ayuda o asistencia de otras personas, pero siempre y cuando haya una retribución para el "buen" interesado. Entonces, los romanos le daban pan al pueblo, pero a cambio demandará su apoyo. Este tipo de condiciones, por lo general, no son explícitas, y las mismas se sobrentienden. Ejemplos sobran, pero creo que con el simple dado todo habrá quedado bastante claro.
El buen hombre, por su parte, prescinde de cualquier tipo de "retribución" (económica, de honores, de poder), porque el solo ayudar es más puro. El buen hombre ayuda a sus pares, porque cree en la voluntad humana de resguardar a los de su propia raza (hablo del humano en general), así como respetar las otras. Y nada más.
El destino del buen hombre.
En las siguientes líneas me atrevo a afirmar y me juego mis certezas para sugerir lo siguiente: El buen hombre esta destinado a transitar solo. Pero no es una soledad amarga. Al contrario. La soledad del buen hombre hace de este un compañero ideal para transitar momentos de incomodidad y pesar, para reavivar la felicidad. Suena a película romántica, pero no lo es tanto. El hombre bueno es solitario, porque así siempre esta dispuesto a prestar ayuda. Trasciende en la memoria de muchos, pero no vive de ese reconocimiento.
Daré, al mismo tiempo, un mensaje esperanzador. Todos alguna vez en nuestra vida, hemos sido un "buen hombre/buena mujer". Y seguro más de una vez. Quizás no lo recordemos instantaneamente. Pero siempre hubo alguna instancia donde nuestra humanidad se ha manifestado por encima de nuestros deberes.
¿El buen hombre como estilo de vida?
Este es para mí un punto complicado. El "buen hombre" (suponiendo que hasta aquí todos estamos de acuerdo con la definición brindada), muy dificilmente es un estilo de vida, sino que más bien implica intermitencia, implica momentos. A veces somos o, mejor dicho, actuamos como tales, pero otras veces simplemente actuamos conforme a lo habitual (no quiere decir que actuamos "mal" o con "maldad") y, en ciertos momentos, incluso con algo de maldad. Pero esta maldad no es de ninguna manera un acto "cruel". Creo en las palabras de Platón, que veía en la ignorancia la semilla de todo mal. Y me atrevo a decir que lo es también el fanatismo que defiende un ideal con dientes y garras, sesgado en su concepción.
Por otra parte, si bien creo que no es posible tener un estilo de vida de "buen hombre", otro pensamiento me dice que, si lo hay, si hay un hombre así de puro, o vive poco, o no le conocemos o, si lo conocemos, lo mal interpretamos.
Es esto lo que creo. No pretendo convencer a nadie. Simplemente, presento mi idea, la comparto, porque es una cuestión ambigua que muchas veces pone en tela de juicio la moral. Se abusa del término muchas veces con fines alejados del verdadero comportamiento del "buen hombre". Además, considero que es una cuestión que alguna vez todos nos habremos planteado (o eso supongo).

Hasta acá llegue muchachada. ¡Gracias al que se tomo la molestia de leer todo (y al que no, porque entiendo es incomodo leer la letra tan pequeña), y espero estas breves reflexiones les haya abierto preguntas!
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2020.04.28 07:26 LongjumpingMorning4 Dedicado a mi amiga

Simplemente le dejare las cosas a Dios
En aquella melodía que atrapó mis sentimientos y no me dejaron soltar tan solo una señal de ellas. Pues su letra y su composición las han atado. No hayo en que pensar ni siquiera como llevarlo. Todo esto ya pasó hace un tiempo y lo di por superado y probablemente siga siendo así. Me baso en mi lógica en las circunstancia, en la realidad, en lo que es, y no en lo que puede ser. Me dijeron ten Fe, y me quedé callado. Deja que las cosas pasen, aun cuando crea que no tenga ningún chance, mi amor siempre será infinito por ti. Sea imposible o un amor no correspondido, yo te seguiré amando con la misma fuerza a ese corazón tan preciado. En la amistad te amo y en cualquier otra parte será así. Fuiste el motivo de que mi corazón partiera a una guerra y pese a que perdí, me quedaron cenizas de nuestros recuerdos y momentos que nos costaría recordar porque ambos sabemos que no queremos hacerlo. Aunque lo evitemos, se que el recuerdo está ahí, incluso cuando no quieras pensarlo, ya está hecho, no puedes evitar los sentimientos, Lo real y lo verdaremenente ingenuo que pueden ser nuestros corazones. No se que pasará pero comenzaré a retomar lo que podría ser aún cuando mi lógica lo impida, dejaré en manos de Dios las señales, mi corazón, y amor por ti. Sea en la amistad o en una relación, lo que sea, el amor jamás se desvanecerá, y eso te lo prometo
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2020.04.12 02:41 paxacutic BUJO (Historia Corta)

Le pedí a mis seguidores en IG que propusieran premisas para escribir 15 historias cortas en 15 dias. en total fueron 25 premisas, esta es la primera de ellas elegida por un randomizer en la web, cada dia publicaré una y comenzare a escribir otra.
Premisa: Te despiertas con dolor de cabeza, vas a tu trabajo y todos estan sorprendidos de verte, llevas desaparecido 3 años
Tiempo: 4 horas y 4 minutos
Revisiones: 2

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BUJO
de: David Main
Mientras se disipaba la neblina de mis ojos al amanecer, trataba de descifrar una serie de números escritos en la pantalla de mi teléfono, no lo tenía registrado y el mensaje que había llegado unos 40 minutos antes leía: “sé que dijimos que nunca más, pero necesito que lo hagamos una última vez”. Limpie mi rostro y me encontré con la ausencia de Verónica a mi lado, hasta su olor se había ido antes de que yo me despertara, cada día siento que se lleva tajos más grandes de sí misma, aunque su ausencia me permitió volver a leer aquel mensaje con más calma.
Traté de recordar ese orden particular de números añadidos a algún contacto que pudiera haber borrado en los últimos meses mientras entablaba mi amistad y ahora relación con Vero, pero nadie me venía a la mente, al menos nadie que mereciera una segunda oportunidad. Al borrar el mensaje pude ver la hora y tiré mi celular a un lado para poder revolcarme en la miseria de que la alarma había sonado 45 minutos antes y ya no había tiempo para el desayuno.
Tome una ducha revoloteando entre el afeitado, el cepillado y el colirio en los ojos para sustituir superficialmente la taza de café que podría calmar este dolor de cabeza que no me deja pensar. Llegaría a la oficina y luego de los saludos respectivos iría a calentarme una taza en el microondas… no debí borrar el mensaje, pude haber averiguado quien era, seguro era un numero equivocado, pero igual, a lo mejor esa persona piensa que el verdadero receptor la está ignorando y no es justo, no debí borrarlo, y ¿si era para mí?, Verónica se ha vuelto una rutina agotadora de fingir interés en sus insignificancias extrapoladas por tanta carencia afectiva… Quizá pueda encontrarlo en alguna carpeta de mensajes borrados, y llamo al número, solo por ayudar, solo por sacar de dudas a esa persona.
Me tiré encima la camisa blanca y la corbata amarilla de los martes, me pareció curioso que el olor a naftalina hubiera penetrado tanto mi ropa desde la última ronda de lavandería hace solo dos días y tuve que pasarle un pañito húmedo a mis cuatro pares de zapatos para quitarles el polvo que opacaba ese brillo aplicado religiosamente los domingos. Hice el chequeo correspondiente en cada uno de mis bolsillos para que no se me olvidara nada en el apuro del retraso, cartera en el bolsillo derecho del pantalón, pañuelo que hace juego con la corbata en el interno del saco a la derecha, tome mi cuaderno de apuntes y revise el celular por mensajes que me dieran pistas de la rutina del día, la pantalla estaba iluminada por un número desconocido y sus 4 llamadas perdidas, ¿es ella, o es un el?, ella seguramente, aunque “necesito que lo hagamos una última vez” suena más a él, a hombre intenso pidiendo una última oportunidad para un polvo de lastima, más tarde le escribo, en la hora del almuerzo, a lo mejor le saco un buen rato a todo esto.
Encontré dos mensajes relevantes, uno de mi padre pidiéndome dinero para comprar sus pastillas y uno de Vero diciéndome con su versión pegajosa del amor que no olvidara la harina de trigo, ayer no la anoté, así que la había olvidado, pero escribí ambas peticiones en mi diario del día, guardé el celular en el bolsillo interno a la izquierda de mi saco y el diario con mis tareas en el izquierdo del pantalón junto a mi bolígrafo y su tapa.
Revisé que todo excepto la nevera estuviera no solo apagado si no desenchufado y salí tan rápido como pude sin agitarme demasiado.
En el camino le escribí a Vero, guardada entre mis contactos simplemente como Amor, me sentí tentado como tantas otras veces a cambiar ese calificativo a su nombre de pila, quizá eso haga que el final sea más sencillo, cuando se vaya no tendré que cambiarlo, y cuando venga la siguiente no tendré que explicarle por qué en lugar de crear el contacto “amor” solo modifique los datos, no quiero dejarla, eso sería demasiado ruido, quiero que se vaya, que tome la decisión propia de recoger sus maletas e irse un día dejando solo una nota de adiós firmada dramáticamente con un par de lágrimas, pero su baja autoestima le permite aguantar tantos abusos y además se culpa por ellos, ha sido imposible zafarme de esto, pero pensare en eso cuando la cabeza deje de dolerme, después del café, por ahora un mensaje de buenos días será suficiente, y un “te extrañe esta mañana cuando me desperté y no estabas a mi lado”, a ella le gustan esas cosas, yo las encuentro innecesarias, quizá sea esa la razón, quizá por eso termine de irse, quizá sería mejor si borro esa última parte.
Al entrar al vestíbulo saludé de nombre a algunas personas que no me regresaron la cortesía y algunas otras me saludaron de una forma tan efusiva que me pareció exagerado. Me tuve que detener en la entrada de la oficina cuando mi tarjeta magnética no me dio el acceso, y fue una mujer joven que no había visto antes quien con una sonrisa amable y un carnet igual al mío me invito a pasar antes que ella. Le agradecí el gesto con una sonrisa y la típica línea de “cuando uno anda más apurado…”.
Los pasillos me eran familiares pero las cámaras de seguridad no, había algunas decoraciones que no recordaba y tantos rostros nuevos que por un momento pensé haberme equivocado de piso. Continúe mi recorrido hasta el cubículo a la izquierda del medio donde iba a pasar las próximas 8 horas de mi vida y al llegar había un hombre de pie recostado de mi escritorio mientras hablaba con la vecina del cubículo contiguo, le pedí disculpas y el me ofreció ayuda, le pregunte que si había algo malo con mi computadora y el hombre dijo que no, entonces le pedí permiso para poder sentarme y este me respondió que no podía sentarme allí porque ese era su puesto de trabajo, sonreí buscando alrededor a alguien que pudiera aprobar el humor en la situación pero solo vi un mar de rostros apáticos.
- ¿nos cambiaron de puestos?
Pero aquel hombre respondió que no sabía que decirme, que él había estado sentándose en ese puesto por… y miraba a su vecina de cubículo… ¿dos años? Y ella asentía con cada palabra. Puede ser el dolor de cabeza o la falta de café, miré alrededor para ubicarme mejor y reconocí la vista a mi derecha, los edificios más altos donde seguro había gente con mejores trabajos que el mío y mejores sueldos que el mío y con vidas menos aburridas que la mía. Y pude ver que aquel hombre entro en modo defensivo cuando dejo de recostarse del escritorio y se paró pecho a pecho frente a mí, una avalancha tibia comenzó a recorrer mi cuerpo desde el abdomen en todas direcciones y sentí el impulso de cerrar mis puños. En lugar de eso, abrí mis palmas a la altura de mi pecho y hacia el.
- No hay problema – le dije manteniendo un tono amable – voy a recursos humanos para que me digan que fue lo que pasó, no hay problema.
La oficina de recursos humanos estaba al final del pasillo, detallé a cada persona y cada conversación sin escuchar familiaridad en ninguna de esas voces o rostros, pero supe que estaba en el lugar correcto porque reconocía las oficinas donde entraba a robarme grapadoras y mouse pads solo para sentir ese aventón de energía en la boca del estómago que nunca pude descifrar, pero tenía el encanto incomodo de insertar un hisopo profundo en mi oído.
Aún estaba cerrada, antes de seguir dando vueltas preferí ir directo al área del comedor, me tomaría una pastilla y una taza de café, seguramente es un error mío, siempre se me olvida todo, por eso me gusta usar los diarios, cada vez que necesito hacer memoria solo tengo que revisarlos, año, mes, día, todo está ahí, al punto de que si no los tuviera guardados desde hace más de 10 años estoy seguro que no recordaría lo que paso ayer.
Tomé una pastilla para el dolor de cabeza con un poco de agua en vaso de papel y me senté a masajear mis sienes con los ojos cerrados esperando que el café diera sus vueltas respectivas durante un minuto en el microondas, y un dolor que tiño la oscuridad de mis ojos cerrados con rojo se apodero de mi al sentir una palmada en el hombro derecho, solté un quejido y encontré colgada en el aire la disculpa de una voz que por fin sonaba familiar.
- Coño disculpa ¿Tatuaje nuevo?
- ¿Cómo? - Le respondí a Henry, es quien maneja Recursos Humanos, seguramente estaba en el baño aprovechando el momento en que todos están socializando en sus cubículos para estar solo en su templo
- En el hombro ¿o es alguna lesión?
- No, no sé, pero me desperté con un dolor de cabeza horrible y ahora me duele el hombro
- ¿Y aquí vienes a liberar la tensión?
Ambos sonreímos pero dudo que haya sido por las mismas razones, cuando sonó el pitido del microondas le ofrecí café pero no acepto, le hable sobre el hombre sentado en mi puesto de trabajo y Henry me contesto que sí, que era “Marquitos”, y cuando le pregunte que hacía “Marquitos” en mi puesto de trabajo, Henry me contesto “tu trabajo, pero mejor”, y mientras soltaba una de sus risas corporativas sentí la vibración de mi celular iluminado con un “Número desconocido, 9 llamadas perdidas”, me apresure a escribir un mensaje de respuesta diciendo simplemente “Numero equivocado”, quise aclarar lo del tal Marcos estaba haciendo mi trabajo pero Henry hablo antes que yo.
- ¿Qué has hecho últimamente?
- ¿Ultimamen…? - - ¿desde ayer? – y sentí que mi tono no fue tan amistoso en esa última parte
- Si bueno, últimamente, o... ¿Qué vienes a hacer por aquí? ¿andas buscando trabajo?
Por su expresión, seguramente levante la voz, el dolor de cabeza empeoraba y aquella lava que parecía recorrer mi cuerpo en calma apilaba unos vapores que presionaban contra mis cuerdas vocales, quería gritarle y sabía exactamente que decirle, con el pulso firme me lleve las manos al rostro y sin mirarlo directamente intente hablar en el tono más monótono que pude.
- ¿Me botaste y la manera de decírmelo es poniendo a otro a trabajar en mi puesto sin avisarme? – pero seguramente levante la voz…
Henry buscaba en mi mirada algo que le diera continuación a nuestro intercambio amigable, pero lo que hallo fue una ira creciente que perfumaba el ambiente en bilis y cianuro, se puso de pie y me lanzo una de sus sonrisas condescendientes y me hizo la sugerencia de que me terminara el café y que cuando me calmara un poco pasara por su oficina, antes de irse me dijo que era un placer volverme a ver mientras me extendía la mano, le regrese el gesto sin levantarme del asiento.
Pasaron unos 10 minutos y volví a revisar mi teléfono
[No es un numero equivocado, Víctor, ¡te necesito!]
Bueno, sea quien sea sabe mi nombre
[Quién es?]
Deje el teléfono en la mesa esperando la respuesta y presioné mis ojos con los pulgares para disipar el efecto que la luz blanca tenía sobre mis ojos sensibles. No hubo respuesta inmediata, respire profundo y me dirigí a la oficina de Henry y por allá a lo lejos escuche otra voz familiar llamando mi nombre
- Víctor!
Y me preguntó que como estaba en medio de un abrazo fuerte, ella había empezado hacia unos meses y me toco a mi enseñarle donde estaba cada cosa en la oficina, los nombres, lugares cercanos para comer, nunca hemos entablado conversación fuera del entorno laboral, pero parecía muy feliz de verme, preguntó que cómo estaba, que cómo me había ido, que en qué andaba y yo trataba de responder con una sonrisa y un “bien, bien, todo bien” a cada una de sus preguntas que incrementaban exponencialmente mi propia duda de estar en el lugar correcto, hasta que se me ocurrió preguntarle…
- Vicky, ¿hace cuánto que no nos vemos?
El frio que recorrió mi espina encontró un aliado en la vibración del celular en mi pecho y aquel número desconocido
- Cómo… ¿3 años? Más o menos.
Me aleje de ella con la excusa de tener que atender la llamada entrante y la promesa de pasar a verla antes de irme, deslice el circulo en la pantalla hacia el icono verde y escuche un apresurado
- ¡No vayas a colgar!
Era una ella, ¿quién eres? Fue la pregunta más apropiada pero nuevamente el dolor punzante en mi hombro fue alborotado por una palmada de saludo, esta vez me doblé del dolor y escuché a Henry nuevamente disculparse
- ¡Coño marico es que se me olvida!
- Tranquilo – diciéndole también a la mujer al otro lado del teléfono que no iba a colgar, que me esperara un momento
- ¿Todo bien? - Cuestiono Vicky con mas preocupación que duda
- Si, dame chance y voy al baño a ver qué es lo que tengo en el hombro que me duele tanto, ya vengo
Frente al espejo prístino de aquel baño con luces automáticas y lavamanos con sensores de movimiento, pude ver los vasos rotos que el colirio no pudo disimular en mis ojos, enjuagué mis manos hasta que estuvieran lo suficientemente frías para pasarlas por el rostro y cuello secándolas con el pañuelo amarillo antes de recoger el teléfono a un lado del lavamanos y continuar con la conversación
- Aquí estoy
Dijo mi nombre completo seguido de la dirección exacta de mi apartamento, describió mi cabello castaño hasta el último detalle del corte barato, el marrón de mis ojos con una precisión pantone y mis comidas favoritas dependiendo del humor y la ocasión. Yo iba quitándome el saco y aflojando la corbata hasta notar una forma diminuta de X en puntillismo que había penetrado la tela de mi camisa blanca. Desabroché suficientes botones para poder llegar a distinguir claramente una serie de diminutos puntos equidistantes en mi espalda cruzados con una X, todos menos uno. Con el pañuelo húmedo limpié la sangre del penúltimo que estaba tan fresco, hinchado y mal curado que no pudo haber tenido más de 24 horas en mi piel, solté un quejido de dolor inesperado y ella al otro lado del teléfono se detuvo.
- ¿Paso algo?
- Tengo… algo en la espalda
- Los tatuajes – respondió ella sin dudar un segundo. Sin perder detalles en como tenía tanta información sobre mi le pregunte cuales eran sus intenciones
- Hoy no sabes quién soy, pero ayer lo sabias, y tienes que venir porque necesito que seas quien eras ayer
El silencio era la única respuesta aceptable en ese momento y ella seguía insistiendo, llamándome por mi nombre, mi nombre que sonaba tan extraño en esa voz que no había escuchado jamás y al darle mi mejor discurso de “no sé quién eres o que quieres, pero si me vuelves a llamar voy a llamar a la policía” ella interrumpió para decirme
- Tus diarios, los tengo todos
- ¿Cuáles diarios?
- Los que has estado llevando durante los últimos 3 años – respondió cortante y segura – no tienes que creerme a mi Víctor, pero puedes creerte a ti mismo
Salí corriendo del baño y hacia la puerta, el vestíbulo, la calle, el metro, mi casa. No supe si le conteste a Henry su comentario de “que no vuelvan a pasar 3 años…” y le escribí a Vero un mensaje de “dónde estás?” seguido de otro preguntándole si había recibido alguna llamada extraña el día de hoy. Subí a revisar mi caja de diarios pasados, todos estaban allí, semana a semana, mes a mes, año a año, mis rutinas, mis canciones descubiertas, mis metas logradas y las que fueron dando paso a cosas que requerían menos esfuerzo y compromiso, la pantalla de mi teléfono aun brillaba con el “Número desconocido, 15 llamadas perdidas” y en la numero 16 conteste
- Todos están aquí, mis diarios, no falta ninguno
A lo que ella respondió con un simple y lapidario
- Revisa las fechas – y colgó
Estaban ahí todos, 2010, 12 meses, 2011, 12 meses, 2012, 2013, 2014, 15, 16 y 2017 con sus 7 meses hasta el presente que es el octavo, no falta uno solo, agosto 2017 leí en la portada del que estaba usando en ese momento, comprar harina de trigo y transferirle a papá, no hay error, yo no cometo errores, para eso son los diarios.
Tomé nuevamente el teléfono para llamar a aquella mujer y poner en evidencia su error cuando en la pantalla de bloqueo pude leer la fecha y la hora de hoy, 10:45am, martes 7 de abril, 2020.
Mi estómago se hizo un nudo que se deshizo al instante en un líquido frio y denso que congeló todo rastro viscoso de lava hasta la planta de mis pies, 3 años, 2017 al 2020, 3 años, debe ser un error, pero al encender la computadora me lo confirmó, intente llamar a Verónica, pero en el momento volvió a brillar mi pantalla con aquel “número desconocido”, que comenzó a recitar:
Agosto 2017, Quiero tomar toda esa amalgama de pensamientos que me invaden y exteriorizarlos.
Y continuó:
Entrenamos nuestras mentes para perdonar, para aceptar, para olvidar. Pero yo, yo no tengo nada que olvidar, que perdonar, pero si mucho que aceptar, he estado vigilado desde siempre, padres, maestros, jefes, cuya autoridad me ha mantenido caminando por esta línea recta de moralidad, la estabilidad y la normalidad. A tal punto que cuando ellos no están me vigilo yo mismo con sus propios métodos, sin voz ni decisión sobre mi propia vida ni mis propios actos, tomando cualquier oportunidad por insignificante que sea para darme una pequeña dosis de lo que podría ser. Pero de ahora en adelante, lo que podría ser, ¡será!
Y concluyó diciendo:
- ¿Suena a algo que escribirías tú?
Inmediatamente partí a la dirección que me había dado, me tomó poco más de hora y media encontrar el lugar y otra hora y media antes de armarme de valor para entrar en aquel edificio que albergaba el apartamento 11-B con vista al oeste.
Cuando abrió la puerta me sorprendió su fragilidad, no más de 26 años, delgada, cabello recogido, en shorts y franela de pijama. Entré en silencio asegurándome de no ver alguna sombra extraña o escuchar algún sonido que indicara la presencia de un tercero, ella cerró la puerta detrás de mi sonriendo “no hay nadie” dijo mientras leía mis pensamientos como si hubiese entrado en un lugar familiar para ella. Se presentó como Adriana, aunque sospeche que no era su nombre verdadero, me ofreció café a lo que me negué pidiéndole de inmediato que me mostrara los diarios si no era problema, apuntó a un pasillo a la derecha que conducía a uno más breve que se bifurcaba en dos cuartos, uno usado como habitación y el otro como estudio.
Entré en el estudio y me acerqué a una caja endeble llena páginas y páginas en orden de días, meses y años, a veces incluso horas, páginas y páginas enteras de narrativa intensa que detallaba desde el color de ojos hasta las medias de personas que nunca había conocido, la lectura de labios de conversaciones que nunca había tenido y canciones para armar playlists sugerentes que me hicieran entrar en el humor y la conciencia de aquellos personajes.
Encontré de mi puño y letra palabras que destilaban sangre y una crueldad sin límites. Mientras ella me explicaba, yo estaba maravillado con aquel sistema que aún no entendía, pero mi naturaleza de hábitos sentía orgasmos al ver las calificaciones de 0 a 5 estrellitas debajo de cada nombre inédito en la portada, “Sancho” se leía en uno, 3 estrellas, “Homero” en otro, 2 estrellas. Adriana me explico que la calificación era dictada por el nivel de dificultad y disfrute del proyecto, 1 estrella era una experiencia vacía y demasiado fácil, 5 estrellas eran ideales, pero según ella solo lo logramos una vez. todos estaban identificados por numero en la parte de atrás, encontré niveles de sadismo y tortura que devengaban en una corriente de éxtasis catártico al centro mismo de mi sexo, y entonces, ella.
Ella que venía a limpiar el desastre, ella que venía a degustar en donde fuera y en cualquier entonces aquel torrente de excitación enfermiza que deslizaba en su lengua despertando cada una de las papilas gustativas de su morbo, ella con sus ojos inmensos que hiperventilaba y sufría taquicardias de gusto al ver como yo terminaba una vida tras otra después de que su encanto de sirena en tierra las atraía, ella que disfrutaba saber que yo era capaz de hacerle esas cosas a cualquier persona, incluyéndola, ella que me pedía que la ahorcara como en el diario de septiembre del 2018 que tenía una calificación de 4 estrellas, ella que me pedía que me riera mientras la dejaba amarrada a la cama, llorando, cubierta de mi saliva y su sangre, supurando en hematomas y quemaduras de cigarrillo como en mayo del 2019 con calificación de 3 estrellas, ella que me pedía que le pusiera el cuchillo entre las piernas y la dejara sentir el filo rozando su piel como en febrero del 2018, ella que quería vivir en la incertidumbre de si la muerte le permitiría renacer una vez más entre mis brazos.
Era yo en todas y cada una de esas líneas, ese yo que finalmente podía leer sus propias vísceras para complacerlas en cada capricho, era yo en cada página, y me perdí tanto en la lectura que devore casi la mitad de los diarios en la caja antes de poder reaccionar y hacer una cuenta mental, hay solo 19, dijiste que eran 3 años, 3 años son 36 meses, y ella me contesto que en total habían 28, de esos 28 solo 27 estaban terminados, pero que las condiciones nunca fueron ideales para el numero 28, por eso a tu ultimo puntito en la espalda le falta la X
- ¿Pero y donde están los demás? ¿Dónde está el numero 1? – sentía ese aventón enérgico mezclado con el vapor acumulándose en la parte de atrás de mi garganta
- Vienen en camino
Me quiero quedar con ellos, todos y cada uno de ellos, los quiero, son míos, y quiero el número 1, quiero saber cuál fue esa experiencia de 5 estrellas que nunca pude repetir con nadie más, Adriana no puso objeción alguna, pero si una condición, yo tenía que convencer al hombre que venía en camino de dármelos, pues él los quería también.
En lo que a mi concernía todo aquello era ficción, pura ficción, yo no soy capaz de esas cosas, no tengo en mi la falta de humanidad para arrancarle la yugular a un hombre de un tajo con mis dientes solo porque el azar lo puso ese mes frente a Adriana y este cometió el pecado mortal de devolverle una sonrisa, yo no soy esta persona descrita en los 19 diarios. Pero ella insista que sí con una sonrisa de calma y me invito a seguir leyendo mientras iba a preparar café.
- Pero ¿cómo es que no recuerdo nada de esto?
- Para eso son los diarios, escribes para recordar, si no los tienes no recuerdas
Fue entonces cuando sonó el timbre, Adriana responde a la puerta y escucho un intercambio de voces que se fueron intensificando y fluctuaban entre una conversación íntima y una discusión de la que no quieres que tus vecinos se enteren. Entre la duda de si debía salir o esperar algún tipo de señal me volví a desaparecer en la lectura de aquellos códigos, un signo para tareas pendientes, otro para tareas no completadas, había formas de conectar eventos con un simple trazo, debí estar realmente inspirado para lograr semejante simplicidad, entonces la discusión dominada por el hombre llamado Cristian empezó a ser más evidente, al igual que sus razones, él estaba fraguando un chantaje por los diarios, y Adriana no se los iba a dar, todos queríamos aquel material, el para explotarlo, ella para fantasear y yo para conocer de lo que soy capaz, traté de absorber cada línea disponible a mis ojos antes de que la inminente acción se hiciera obligatoria, y tuve que estar de acuerdo con aquella voz que se colaba por los espacios voyeristas entre el marco y la puerta cuando dijo “no sé cómo eres capaz de semejantes cosas y además de protegerlas como si fueran sagradas”.
Adriana trataba de distraerlo negociando, la mitad para ti y la mitad para mí, 24 y 24, pero Cristian no aceptaba, era todo o la policía, y pude escuchar a Adriana cuando le dijo en voz fuerte y clara “¡Ay está bien Coño! ¡Llévatelos todos! Están aquí en el estudio, ven”
Y entendí su plan, como siempre, ella los atrae, yo… me encargo de lo demás
El dolor de cabeza había desaparecido por completo, mis ojos podían detallar un cabello a 20 kilómetros, sentía cada paso que daban en mi dirección y la compresión y expansión de sus pulmones inhalando y exhalando lo que él no sabía eran sus últimas bocanadas de aire.
Lleve mi mano al bolsillo izquierdo del pantalón y le quite la tapa al bolígrafo, la boca de mi estómago se había abierto hambrienta y salivaba tanto que tuve que usar la manga de mi camisa para limpiarme la barbilla, podía sentir la sangre hirviendo desde la planta de mis pies llenando de un vapor que escapaba de mi cuerpo a una velocidad inmedible por cada uno de mis poros. Pasó solo un segundo desde que la mano de Adriana giro el pomo en la puerta hasta que mi bolígrafo azul estuvo clavado a la derecha de la tráquea de Cristian, que sacaba la lengua y abría sus ojos hasta que se desorbitaron de sus cuencas, que giraba sobre su propio eje tratando de coordinar sus manos para quitar aquel objeto que era mi emisario para robarle la vida. Mi espalda estaba contra el muro y la duda desapareció de mí, puse mi mano en su frente mientras Adriana expectante mordía sus labios y lengua exhalando como un toro sobre estimulado antes de la faena, lo lleve contra el muro y ante su intento de pelear solo tuve que esquivar sus manos torpes, retire el bolígrafo de un tirón y volví a insertarlo del otro lado de su tráquea, los orificios excitados por el aire apresurado tratando de llegar a ninguna parte expedían chorros de sangre que se achicaban y se agrandaban como el espectáculo de una fuente, boqueaba y sentí su temperatura cambiando en la palma de mi mano, sus labios transitaron del blanco al morado y sus ojos se perdieron en algún lugar detrás de su cabeza, lo deje caer y mientras su cuerpo inerte se derramaba a mis pies. Le die a Adriana
- los quiero todos
- te hago la última X si me dejas el 28 –respondió- yo puedo terminar de escribirlo
Al llegar a mi apartamento, sin terminar de limpiarme de lo que había sucedido un par de horas antes y temiendo que la mañana se vuelva a robar mis recuerdos, saque los 27 tomos y los tiré sobre la cama buscando desesperadamente primero, di vuelta a cada uno para buscar el número que los identificaba hasta que, al fin, allí estaba, aquella descripción que mi cuerpo ansiaba, salte directamente a la última página para leer:
No pensé que fuera tan sencillo, escribirle después de 7 meses para pedirle que habláramos con aquel cliché de que teníamos que cerrar ese ciclo definitivamente. Llegó a mi apartamento y entro a la habitación, Vero esperaba detrás de la puerta…
Cerré el diario inmediatamente y escrito en bolígrafo azul sobre un desgastado cartón amarillo, en mi puño y letra, y con calificación de 5 estrellas, estaba aquel nombre que había resumido simplemente a la palabra “Amor”.
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Proxima Premisa: Relato Erótico
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2020.02.27 17:24 Galactic-Awaken IDENTIFICAR las propias VIBRACIONES

COMO SABER O IDENTIFICAR QUE VIBRACIÓN SE TIENE How to know and can identify the own vibrations Saludos:
La siguiente es una simplificación referida a lo que necesitan saber sobre las bajas y altas vibraciones, así puedan identificarlas. · Las altas vibraciones generalmente, están asociadas con las cualidades y los sentimientos positivos, como el Amor, el perdón, la compasión y la Paz. · Mientras que las bajas vibraciones están asociadas con las cualidades más oscuras, como el odio, el miedo, la codicia y la depresión.
Pero, ¿qué significa todo esto realmente? · Esencialmente, cuanto más alta es tu vibración, más en contacto estás con tu Ser Superior, tu ‘Ser Dios o Diosa’ de tu interior, tu Divinidad, Consciencia, Santidad, Alma, o las muchas otras palabras que existen para describir a tu verdadera naturaleza. · Esto también significa, que cuanto más baja es tu vibración, más sincronizado estás con tu naturaleza superior y, por lo tanto, más conflicto experimentas en la vida.
Antes que leas y escuches lo siguiente, es importante que recuerdes dos cosas. · En primer lugar, rara vez eres un 100% en cualquier cosa de la vida, por lo tanto, lo más probable es que caigas en un espectro compuesto por:
- Un 25% de altas y 75% de bajas frecuencias.
- O uno de 55% de altas y 45% de bajas frecuencias, y así sucesivamente.
· Entonces, evita encajonarte con etiquetas blancas o negras.
En segundo lugar, descubrir si tienes una vibración principalmente baja o alta, es realmente útil para ti. · Sin embargo, ten cuidado de usar a cualquier etiqueta contrapuesta con el estado de los demás, por ejemplo:
- Me mantendré alejado, porque él o ella tienen una baja vibración.
· Irónicamente, este tipo de etiquetas contrapuestas perpetúan las bajas vibraciones, ya que están vinculadas a la segregación y a la discriminación. · Entonces, esta es tu mejor opción o auto herramienta de descubrimiento.
Entonces, con esto en mente, ¿qué tipo de vibración tienes y cómo impacta esto en tu vida? · El proceso del despertar espiritual cubre al descubrimiento de ideas y prácticas profundas que te ayudarán a acceder a los niveles profundos de Amor y libertad. · Este trabajo te permite explorar en la sombra para la recuperación del Alma y de mucho más.
- ¡Comienza ahora tu viaje de descubrimiento para potenciar tu despertar espiritual!
SIGNOS DE BAJA VIBRACIÓN
1. Te sientes ‘atrapado’ o varado en la vida, sin saber qué hacer a continuación.
2. Luchas con la apatía o con una actitud indiferente hacia ti mismo y los demás.
3. Estás emocionalmente distante.
4. Eres emocionalmente reactivo.
5. Luchas con la fatiga constante y el letargo.
6. Tienes una visión centrada principalmente en el mundo.
7. A menudo luchas con la desesperación.
8. Te resulta casi imposible deshacerte de los viejos hábitos.
9. Tienes un prominente Ser de las Sombras.
  1. Luchas con enfermedades crónicas.
  2. Te sientes físicamente no apto y no saludable.
  3. Te reprimes con sentimientos como el resentimiento y los celos.
  4. Te resulta difícil perdonarte a ti mismo y a otras personas.
  5. Sufres de un complejo de culpa, es decir, te sientes constantemente culpable por algo, entonces buscas cosas para sentirte culpable.
  6. Realmente no sabes lo que quieres en la vida.
  7. Sigues tomando malas decisiones.
  8. Luchas con problemas de salud mental, como la ansiedad, TOC o depresión.
  9. Te resulta difícil ver la belleza de la vida.
  10. Te sientes insatisfecho.
  11. Tus conexiones con los demás te traen un dolor constante.
  12. Eres demasiado cínico y escéptico.
  13. Eres discutidor.
  14. Te quejas mucho.
  15. Tienes problemas de abuso de sustancias.
  16. Te auto saboteas.
  17. Te enfocas principalmente en lo negativo de la vida.
  18. Luchas para sentir Gratitud.
  19. Comes muchos alimentos grasos o procesados, por ejemplo, carne, comida rápida, caramelos, etc.
  20. Necesitas ser, o eres exigente contigo mismo y con los demás.
  21. Ves una gran cantidad de contenido multimedia violento o escuchas música intensa con letras violentas, por ejemplo, heavy metal, scream o de gritos, rap, regatón, etc.
  22. Te resulta difícil hacer un progreso real en la vida.
SIGNOS DE ALTA VIBRACIÓN
1. Eres consciente de ti mismo, es decir, eres consciente de lo que estás diciendo, haciendo, pensando y sintiendo, así como del efecto que esto tiene en los demás.
2. Eres empático con las necesidades de los demás y tienes la costumbre de ver a través de los ojos de las otras personas.
3. Eres muy creativo y, a menudo, estás lleno de ideas e inspiración.
4. Estás emocionalmente equilibrado.
5. Te sientes conectado con lo que está a ‘más allá’ de ti, por ejemplo, la vida, la Divinidad, el Amor, etc.
6. Tienes un gran sentido del humor hacia la vida.
7. No te tomas a ti mismo demasiado en serio.
8. Regularmente sientes Gratitud por lo que tienes en la vida.
9. Sonreír y reír es fácil para ti.
  1. No experimentas mucha decepción, porque no te aferras a cosas pasajeras, como, por ejemplo, comodidades materiales, amistades, indulgencias, etc.
  2. Eres auto-disciplinado.
  3. Puedes retrasar el placer si no te sirve.
  4. No ‘necesitas’ nada para sentirte feliz.
  5. Estás en sintonía con tu cuerpo y sus necesidades.
  6. Te cuidas a menudo.
  7. Cuidas a otros con frecuencia.
  8. A menudo experimentas sincronicidad.
  9. Vives en el presente más que en el pasado o en el futuro.
  10. Tu cuerpo se siente fuerte y saludable.
  11. Comes con regularidad alimentos crudos y sin procesar.
  12. Intentas mantener a tu vida libre del desorden.
  13. Te perdonas fácilmente, a ti mismo y a otras personas.
  14. Sientes que has encontrado tu vocación en la vida.
  15. Se te aparecen espontáneamente en la vida, oportunidades y nuevas puertas.
  16. La paciencia te llega fácilmente.
  17. No sientes la necesidad de discutir o de competir con otros, los dejas ganar y sentirse bien, ¡esto está bien!
  18. En la vida, estás abierto a muchos tipos diferentes de personas, ideas, creencias y experiencias.
  19. Te sientes seguro de ti mismo y de tus habilidades.
  20. Te atrae la música, películas y programas de televisión profundos, relajantes e inspiradores.
  21. Eres muy intuitivo.
  22. Otras personas se abren fácilmente a ti.
  23. A menudo te encuentras a nivel amistad y relacional, en el papel de consejero, pacificador o Maestro.
La realidad es que la mayoría de nosotros, compartimos algunas formas de ‘baja Vibración’ y otras de ‘alta vibración’. · El objetivo es tomar Consciencia de lo que estamos haciendo y lo que podríamos mejorar en nuestro viaje de transformación interna. · Una de las formas más fáciles de determinar si estamos vibrando con una ‘alta frecuencia’ o una ‘baja frecuencia’ es prestando atención a cómo nos sentimos a nivel físico.
- ¿Te sientes ligero, lleno de Energía, claro y saludable?
- Lo más probable es que tengas una alta vibración.
- Por otro lado, si te sientes abrumado, reprimido, oprimido, cargado o pesado, lo más probable es que estés operando con poca vibración.
- Aprender a amarte incondicionalmente a ti mismo es esencial para tu curación y satisfacción en la vida.
Yo también he estado allí antes, ¡y a veces todavía lo estoy! Por ahora, espero que te hayas beneficiado con este artículo, no dudes en compartir con los demás, tus experiencias con las bajas y altas vibraciones.
¡Apreciarás a cualquier consejo que puedan compartirte sobre cómo elevar tu vibración!
LONER WOLF
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2017.08.14 08:53 Subversivos Odio a muerte en la España profunda

Sucedió el domingo 26 de agosto de 1990 a última hora de la tar­de en un lugar llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba­dajoz con 205 habitantes censados y protegido por dos montes ne­gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, de 56 y 58 años, se apostaron en un callejón, descargaron sus escopetas de repetición y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie­ron entre esa fecha y el 10 de septiembre y las seis restantes fueron reponiéndose con desigual fortuna: todas han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrán que soportar el recuerdo en una silla de ruedas.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
En un principio, los hermanos habían venido decididos a asestar un golpe de muerte a la familia Cabanillas —las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce años, fueron las primeras en caer—, sus enemigos frontales desde los años veinte, pe­ro el olor de la pólvora y la sangre que corría pendiente abajo por la calle principal les dejó clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio huyó al monte después del primer cargador. Antonio se quedó allí todavía un rato, hasta agotar el segundo. Horas después, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se habían refugiado —tanto, que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se comentó que por qué no habían huido, por qué habían quedado atrapados en el lugar rabioso de su cri­men. Tal vez, la venganza, que les había atado a Puerto Hurraco du­rante toda la vida, les atara también después de llevarla a cabo.
El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente.
Dos días después de la matanza, el suplemento dominical del dia­rio EL PAÍS envió a quien esto escribe y al fotógrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que reunía paradojas suficientes co­mo para pensar que la averiguación no había concluido con la me­ra información del desastre.
Detrás de los visillos
La primera impresión de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a última hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todavía fregaba en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto, fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrás de los visillos de la ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera­damente, casi como si uno se lo estuviera inventando o esperase in­ventárselo, un cerrojo que recorría la calle, que salía del pueblo y que se perdía en una resonancia entre los omóplatos de los dos mon­tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea­das. No había nadie en la calle y las únicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.
MÁS INFORMACIÓN Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Todo lo publicado en EL PAÍS sobre el caso 2015: Puerto Hurraco quiere olvidar 2010: El último de los asesinos se ahorca en su celda 1994: 688 años de cárcel para los hermanos Izquierdo De vez en cuando, algún vecino cruzaba velozmente y miraba al­rededor como si tuviera que cerciorarse del lugar en que vivía. Con el paso del tiempo, se terminaba descubriendo a otros periodistas y fotógrafos, que salían apresuradamente de una casa para entrar en otra y que ya habían adoptado los hábitos clandestinos de la pobla­ción. El día que siguió al entierro de las víctimas, entre el fragor de cepillos que intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi­dió a los reporteros que no se marcharan, «porque así se sentían más protegidos». Pero, al mismo tiempo, no aceptaba hospedajes «por temor a represalias». La guerra de Antonio y Emilio Izquierdo ha­bía derivado en una guerra interna: a ver quién dice y qué a los pe­riodistas.
En los días siguientes a la matanza, uno de los aspectos más sorprendentes —para un recién llegado— era el clima de tensión que se había creado entre los propios vecinos. Daba la impresión de que la alarma no había dejado de sonar todavía y de que esta vez el peligro no iba a venir de afuera —Emilio y Antonio vivían en Monte­rrubio de la Serena—, sino de los intestinos de la aldea. La razón, sencilla, pero que tardaba en descubrirse, tenía que ver con los in­trincados lazos de parentesco de los habitantes de Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz­quierdo, pero una parte aún mayor había mezclado sus apellidos con el sistema endogámico tan habitual en las zonas rurales y aisladas del interior de la península. De forma que los Cabanillas Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponían un verdadero grueso de la po­blación.
El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un costado de la carretera general, rodea­do de un campo que parecía en estío permanente, mostraba con to­da claridad y en letras de molde la hegemonía de los dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catástrofe del do­mingo había muerto una cuñada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana en discordia junto a Luciana y Ángela —a las que más tarde se acusaría de haber inducido a sus hermanos al asesinato.
En esos días, cada cual podía imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o lindando con la del vecino. Todo dependía del bando en que cada uno decidiera alistarse o se sintiera incluido, ha­bida cuenta de que todos y cada uno tenían innumerables posibili­dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta arbitrariedad surgida de lo que no se sabía del otro, del próximo, cuyos verdade­ros sentimientos podían haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora repentinamente, se unía a la conmoción y al miedo generalizado. La ecuación resultante era, pues, miedo más arbitra­riedad y su solución, una incógnita. Curiosamente, esos mismos tér­minos habían estado, como se vería después, en el origen de la tra­gedia.
Los días que siguieron al suceso fueron días temidos. Había mie­do al regreso de las hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y Ángela, evaporadas desde la semana anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las niñas asesinadas; miedo a la respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue­blo; y, sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del último drama tirase de otros dramas sobre los que el olvido había trabaja­do como una lápida. Algunos vecinos hablaban ya de hacer las ma­letas y de cerrar los escasos negocios. Se temía el éxodo.
Fuera de esto, existía también una aprensión —causada por esta estructura de parentesco— relacionada con que ciertas historias sa­lieran a la luz. Una especie de pudor repentino de una aldea endo­gámica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y también un tem­blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa España profunda, tan traída y llevada por los libros, por el cine y por la te­levisión, de niños en las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.
En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su­pervivencia del pueblo. Había algo más que una disputa sangrienta entre familias: se había puesto en peligro la supervivencia colectiva.
Cuando los vecinos se decidían a hablar era para defender esa su­pervivencia. Insistían, de un modo que se dirigía en primer lugar a su propio convencimiento, como si la presencia del interlocutor sir­viera sobre todo para escucharse a sí mismos, en que el estallido no afectaba más que a los «amadeos» y a los «patas pelás», ramas par­ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc­ciones, era transigir con la idea de una guerra universalizada y con la previsión de una hecatombe a la vuelta de la esquina. Fuera co­mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consistía en espantar los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con­flicto hasta contenerlo en su territorio más pequeño.
La supervivencia, además, merecía la pena en términos objeti­vos. Los términos estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el empleo comuni­tario habían hecho crecer el nivel de vida en los últimos cinco años. Se veían casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es­taban asfaltadas y en los pequeños negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, había que remontarse a la historia de una aldea que no conoció la electricidad hasta los años se­tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta hacía seis años. Por primera vez, aquella conciencia colecti­va, secularmente cerrada al mundo, había empezado a asomarse a él. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada luchaban con­tra la memoria en una atmósfera de pólvora antigua. Era la memo­ria de una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo pasado y que, a principios de la centu­ria, se encuentran conviviendo con extraños que regresan de una emigración cubana.
En ese momento comenzó la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la resurrección de ese conflicto significaría la guerra de todos contra todos. Después de tan­tos años, y estando tan cerca ya del mundo contemporáneo, los habi­tantes de Puerto Hurraco temían, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la mañana pensando que cualquiera podía ser un ene­migo, que la fiera dormida podía despertar y llenar el aire de zarpa­zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy semejantes a los sentimientos con que el resto del país les contemplaba. Mientras el país entero, a su vez, se sentía observado por los nuevos y modernos amigos europeos, los mismos que habían surtido la leyenda negra española de hechos que la confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco. Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los españoles se volvieran tan hipersensibles a la observación como los propios vecinos, y también desde esa oscura culpabilidad nutrida por la incertidumbre y la ig­norancia.
La historia olvidada
Existía, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer, fatalmente olvidada, a la que se había re­gresado brutalmente a causa de ese mismo olvido.
Hacia 1920. Unos niños juegan en el polvo marrón de una calle­juela. Los hombres arrastran sus mulas en el campo y las dos len­guas de piedra negra que desde la montaña lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los niños son Ángel Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torcía y La Daniela, ambas de familia Iz­quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce años, se marcha a su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torcía y La Daniela le esperan armadas. La madre de Ángel Cabanillas no le deja salir. El incidente crea una tensión desproporcionada entre las familias. No hay un previo con­flicto de tierras, ni otro conocido. Pero la tensión alcanza los años si­guientes, cuando las familias aparecen en la historia completamen­te enconadas.
Año 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde con Alejandro García Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y traman esperar a Luis a la salida del salón de baile de Marcelo Merino. Son las últimas horas de la fiesta, el ambiente del salón está espeso y un amigo de Luis abre la ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace cuestión de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del pantalón. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una puñalada en el cuello a Alejan­dro García. El acuchillado nunca llegó a recuperarse totalmente. «Se quedó como atontado.» Luis Cabanillas fue condenado a siete me­ses de cárcel ya posterior destierro en Peñarroya.
Año 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel Izquierdo, por mote El Dentis­ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista interrum­pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche. Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba­silio regresa al pueblo caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de allí a un hospital de Badajoz, donde tardará semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El Dentista, fue encarcelado y años después tuvo que pa­gar fianza para conseguir la licencia de escopeta.
Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca­mariches contra Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen trasfondo grupal y las heredan los pa­rientes por extensión consanguínea y cronológica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su descendencia una probable competitividad a escala local y sólo explicable dentro de un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposición continua tiende a pasar por herida.
El resto forma parte de una historia más y mejor manejada por los que todavía viven. Pasaron 26 años desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese plazo largo, que no se­ría el único de magnitud que mediaría entre catástrofes, los Cabani­llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraña de lazos de parentela, que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecían configurar una paz decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueños.
Años 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama­do Mal Tiempo, echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado, sólo un golpe largo de tierra amon­tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la delimitación y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones, pe­ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca­mino de desavenencias. El que algo así se conserve en la memoria es lo más inquietante de todo.
Año 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las niñas asesinadas-, todavía niño, y los futuros cri­minales de sus hijas, Emilio y Antonio Izquierdo. «Al niño le tupie­ron la boca de hierba.» El padre de las niñas asesinadas negó en esos días aciagos de agosto que tuviera jamás un roce con Antonio y Emi­lio. Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne­gara cualquier especie de memoria. Mientras se dirigía con su trac­tor al campo, dos días después de las desgraciadas pérdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra «maldad» con una certeza religiosa.
El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri­vera, hijo del otro Amadeo y hermano de Antonio, discutió con Jeró­nimo y Luciana, hermanos de Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada por Amadeo: ésta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta­ba especulaciones acerca de un despecho sentimental que habría ali­mentado la última fase del resentimiento. Jerónimo esperó en la fin­ca de Las Pelícanas a Amadeo y lo mató de una cuchillada. Años de cárcel, psiquiátrico y destierro a Monterrubio, a seis kilómetros. El pueblo donde vivían y desde el que tramaron los hermanos Izquier­do la matanza.
1984, veintitrés años más tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma­dre de los convictos y hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma­dre muere, y las hermanas, que estaban esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.
  1. Jerónimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru­bio, esta vez sobre Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas Pelás se enclaustran en su feu­do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasión. Luciana y Ángela van clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar­telillo de la Guardia Civil y obligan a los vecinos a desenchufar los frigoríficos ya parar los relojes de pared, por temor a que camufla­ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo, alimentada por confidentes y enzarzadores. Después de que la locura y el miedo hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de cultivo, llegó el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. «Vengo a por el Puerto, esto vengo esperando hace seis años», dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el callejón entre descarga y descarga de su repetidora.
Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi­dencias a media voz, hechas en el pequeño bar donde los parro­quianos se limitaban a jugar a las cartas y a vigilar permanente­mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueños de la casa echaban los cerrojos. Jamás se confiaban en grupo. Las úni­cas posibilidades dependían de encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres y los hombres ha­blaban en su casa sólo a condición de que no estuviera el cónyuge. La mutua vigilancia a que todos se sometían daba como resultado un silencio a medias y, muchas veces, ficciones o falsedades.
Los más proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que habían regresado para las fiestas y los que habían tomado la deci­sión de marcharse. Por lo general, se negaban a dar el nombre y sólo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que pertenecían y cuya posición estratégica en el conflicto era prácticamente imposi­ble desentrañar para el forastero. La mayoría hablaba como Caba­nillas en esos momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in­terlocutor arrojaba la idea contraria. No decían su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. «Ése con el que dice que ha hablado es un Amadeo» o «ese es un Pata Pelá».
Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen­te que los periodistas dejaran el pueblo. Entonces sí que sonaban los cerrojos más allá de toda atmósfera literaria. Miguel Gener hizo unas espléndidas fotografías de lo que era la noche en Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los fa­roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an­cho, espeso y nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografías con­siguieron reproducir las tenebrosas impresiones que podría haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto Hurraco horas después de la, carnicería. Algo así como meterse en un poblado fantasma del viejo Oeste, pero sin épica, cruzado por caminos que se fundían en la noche y con una carretera cercana que parecía el tramo final de todas las carreteras del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa­gaban enseguida y entonces el cielo oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un ataúd.
En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilómetros, la noche se vi­vía de muy distinta manera. La gente salía a tomar el fresco al qui­cio de la puerta, se veían corros de adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, después de los cuarenta gra­dos de secano que habían carbonizado el día. En Puerto Hurraco no se respiraba, los habitantes parecían contener el aliento hasta que pasara algo que se sentía próximo y fatal. Esa noche calurosa de en­cierro daba la verdadera temperatura del ánimo de la gente.
El día 30 de agosto las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, salieron de un escondrijo de Madrid y tomaron el expreso de Bada­joz. A partir de ese momento iniciaron su escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acusó de conspirar junto a sus her­manos -aunque la Audiencia de Badajoz revocó en febrero de 1992 el auto de procesamiento-, y su inexorable destino psiquiátrico en Mérida. Pero durante los cuatro días en que estuvieron desapareci­das, Ángela y Luciana se presentaban como la clave que podía des­cifrar los enigmas. Y también disolver el sentimiento de amenaza in­mediata que todavía pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su desaparición había prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du­das, tanto para los de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena, había una diferencia sustancial entre el dedo que había apretado el gatillo y el cerebro que había en­viado la orden.
La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe­queñas embutida en una hilera y tan cerrada a cal y canto como, según decían, lo había estado en los últimos años, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivían en ella. El diagnóstico del vecindario era tan concluyente como lo fue después el de la Audiencia. Eran dos mu­jeres mayores, de 49 y 63 años, prematuramente envejecidas, cuya existencia estaba organizada alrededor de los líos vecinales, que salían dando gritos de su casa y recorrían las calles insultando a sus parien­tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y que, simple­mente, «no podían estar bien». En contraste, Emilio y Antonio rara vez protagonizaban un altercado. Parecían bastante pacíficos o quizá sólo tranquilos y, según la opinión del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus hermanas.
Ninguno de los cuatro se había casado. La única pista sentimen­tal relacionaba a Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluyó con fractura de huesos para la mujer y que inau­guró la última fase criminal entre las familias antagonistas. Luciana negó en días posteriores que hubiera existido semejante posibilidad, como no podía ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de­más, apenas salían de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban permanentemente bajadas y los pestillos echados. Allí fue­ron re cociendo su animadversión y sus malos sentimientos durante seis años.
Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue­de ser contemplada a la luz de una historia secular de rencillas y con­flictos que culminó de esa manera como podía haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que observarla a tra­vés de esta última escena, mucho más reducida, mucho más actual, mucho mejor iluminada. Si fuera así, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro hermanos encerrados en sí mismos, con antece­dentes psiquiátricos y con manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante la pasivi­dad de instituciones y vecinos. Después se conocería el dominio pa­tológico que los mayores ejercían sobre los pequeños y también sal­drían a la luz abultados rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no había ninguna necesidad de ello, porque un simple vistazo a los historiales clínicos, al entorno familiar en el que habían crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habría bas­tado para anticipar un pronóstico de lo que podría ocurrir y de lo que fatalmente ocurrió.
Los desheredados
La historia de la España negra y profunda siempre ha servido ha­cia dentro y desde fuera. Desde fuera, el que más y el que menos ya sabe cómo ha funcionado. Pero, paradójicamente, también ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad civil y de las instituciones públicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien­cia de un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi­do todos los desastres que nadie era capaz de asumir.
Desde un punto de vista literario y dramático conmueve descubrir que un pueblo de doscientos habitantes guarde en su memoria cen­tenaria un arsenal de disputas que van desde lo ridículo hasta lo ca­tastrófico, con nombres y apellidos, con detalles minúsculos trasmi­tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis­ta de los hechos, lo único que se acerca a los motivos verdaderos —más allá de las leyendas que nos dejan tan enaltecidos como vulne­rables— es la constatación de que cuatro personas enfermas, indivi­dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria an­te el mundo, explotaron un mal día en un clima colectivo de asombro que sustituyó automáticamente a una colectiva indiferencia.
Como en las malas películas, todo trató de resolverse judicial­mente. Los juicios tienen la virtud de aplicar condenas y de trasfe­rir las ideas de bien y mal a la potestad de un tribunal o de un ju­rado que, en realidad, sólo se ocupa de crímenes y castigos. El juicio de los hermanos Izquierdo causó la misma expectación que la trage­dia y dejó las cosas en el lugar donde se quedan las cosas intocables.
El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los acusados, cuando ya se había decidido la re­clusión de sus hermanas en el hospital psiquiátrico de Mérida con un diagnóstico de «delirios paranoides». José Gómez Romero, el psi­quiatra que las tenía a su cargo, declaraba en esas fechas, tres años y medio después de su ingreso, que «Luciana y Ángela han mejora­do algo, poco a poco, pasean con otras internas y, sobre todo, Ánge­la ha desarrollado un poco de su personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio, las cogías por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia­na» (EL PAÍS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiquiá­tricos llegaron a la conclusión de que Emilio y Antonio Izquierdo su­frían «alteración de la personalidad de carácter paranoide». Cosa que, al parecer, «no alteraba el plano de la conciencia», si bien «so­bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi­vencia (la muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau­mática por estas personas y se convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psíquico del sujeto. En este sen­tido estimamos que su capacidad volitiva podría estar disminuida» (EL PAÍS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatría se mueve por el mundo como si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue­den entender. Por ejemplo, el que la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo psíquico del suje­to, disminuyendo además su capacidad volitiva. Misterios del ser.
Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron además que Emilio y Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he­cho de que ambos «eran capaces de manejar un rebaño de ovejas de unas 1.000 cabezas» y que tenían fincas arrendadas, «consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer una carti­lla de ahorros con unos diez millones» (EL PAÍS, 26 de enero de 1994). Es decir, habría una relación inequívoca entre la salud mental y la gestión económica y agropecuaria. Estaríamos aquí ante una especie de protestantismo psicológico —visto a través de la doctrina de la predestinación mental.
Así pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma­nas Izquierdo tuvieron distinto final como consecuencia de la dife­rente relación con el gatillo. La justicia actuó sobre los hechos y se limitó a sancionarlos, salomónicamente, con sus dos espadas con­temporáneas: el psiquiátrico y la cárcel. El 25 de enero de 1994, An­tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 años de cárcel perfectamente divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos prepararon por «vengan­za» un «plan de exterminio del mayor número de habitantes posible de Puerto Hurraco».
Aunque la Justicia dictó sentencia, y con ella la sentencia del ol­vido o del comienzo del olvido, lo cierto es que, más que disipar la temida imagen de España, la reveló en fotografías nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin embargo, habían pasado muchas otras cosas sobre las que no se podía dictar senten­cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas­mas en un idioma delirante, o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generación en generación la forma en que unas ove­jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en términos de habitabilidad convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto Hurraco debió servir para llevar a la superficie una imagen de la España actual más allá de los tópi­cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es­pañolas están todavía iniciando el siglo XX y esta situación no se re­fiere solamente a medios materiales de vida o a capacidad de pro­mover recursos, sino también al lugar que ocupan en el proyecto de este país. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier­do podría ser también el abandono a que se ha sometido a una vas­ta extensión de la vida española que no encuentra su sitio en ningún proyecto y que no se ve reflejada en ningún futuro. La España ne­gra no está hecha de ningún material particular. Si está hecha de al­go es de los ojos que no quieren mirarla.
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